Gustavo Lozano

Marcelo Guerrieri

Pablo Delfini

Natalia Bengochea

Ornela Tarzia

Carlos Carioli

Horacio Petre

Luciana Carlopio

Alejandra Gondar

Gilda Manso

María Cabanne

Marrcos Gras

Pablo Martín

Natalia Rodríguez

Tomás Menéndez

Sebastián Robles

Gustavo Lozano

 

Nació en Concepción del Uruguay, Entre Ríos. Lugar que marcó gran parte de su trabajo fotográfico. Se formó en talleres coordinados por Juan Travnik, Fabiana Barreda y Gabriel Valansi.

Desde 2003, participa en muestras individuales y colectivas dentro y fuera del país. En 2006, obtuvo el primer premio de fotografía contemporánea argentina, auspiciado por Metrovías. Actualmente reparte su tiempo y trabajo entre Buenos Aires y Santiago de Chile.

 http://gustavolozano.com.ar

Pasaba un tren

 

La pared en la que apoyan la espalda se sacude por la vibración del tren que sale de la estación. Acaban de coger en ese local de 4 x 3. Sobre las baldosas. Solo hay un pizarrón, una mesa y varias sillas. Él acaba de dar clases particulares ahí. La piel, enrojecida y caliente, empieza a enfriarse por el contacto con el piso y la pared. Pero ellos se quedan así, abrazados, acariciándose. Afuera es de noche. Los separa de la vereda una puerta de Blindex. Adentro está oscuro. La poca luz entra desde la calle por la parte de arriba del vidrio, donde no llega la cortina. Al rato atraviesan la plaza y se saludan en el andén: latas de gaseosa entre los durmientes, piedritas grises manchadas, el siseo de la puerta del tren. Ninguno de los dos sabe que esa será la despedida. Él la dejó por teléfono a los dos días.  Cuando empezaron ella le había dicho: “me hacés bien”; él le había dicho: “sos lo mejor que me pasó”.

Ella lo cita en la panchería de la avenida. Suelen ir ahí después de las clases de yoga. Un lomito completo para bajar de las nubes y completar el nirvana. “No quiero que sigamos juntos”, le dice ella, sin enojo, consternada. Él le pregunta por qué. Ella niega con la cabeza, mirando el piso: servilletas de papel manchadas de grasa, escarbadientes usados, sobrecitos de kétchup; él no insiste en la pregunta: el humo de la fritura, el partido que suena en la tele, el siseo de la carne asada. Terminan en el telo frente a la estación. A la mañana, los despierta el frío y la luz que entra por las hendijas de la persiana. Desayunan en la cama. Él la acompaña hasta su casa. A partir de entonces ella no responde sus llamados. Cuando se dieron el primer beso ella se había sorprendido. Al final de una calle que termina en la vía, las espaldas apoyadas contra la parecita de una casa, las piernas estiradas sobre la vereda, él le había robado ese beso. Ella, confundida, se había apartado y lo miraba fijo, tratando de entender. Pasaba un tren.

Marcelo Guerrieri

 

Lomas de Zamora, 1973. Publicó Arboles de tronco rojo (Muerde Muertos, 2012), El ciclista serial (Eloisa Cartonera, 2005; Premio Nueva Narrativa Sudaca Border), Detective bonaerense (blognovela, 2006) y varios relatos en antologías y revistas. Finalista del Premio Nueva Novela Página/12 2012 por Farmacia, que será editada en 2014 por Factotum Ediciones. Estudió Antropología en la Universidad de Buenos Aires y coordina talleres literarios.

Blog: marceloguerrieri.blogspot.com

Pablo Delfini

 

Nació en Burzaco, Bs As, en 1959. Hacedor de grabados y de cortometrajes de cine de animación experimentales. Sus obras han sido exhibidas en muestras, bienales y festivales nacionales e internacionales. Administra un blog de Grabado menos tóxico

http://grabado-menos-toxico.blogspot.com

y otro de Animación libre

http://animacionlibre.blogspot.com

Chau con la mano

 

No visitaron el estudio de televisión donde se grababa un programa infantil para dejarlo en una urna; ni lo mandaron en una cartita. Tampoco lo hicieron desaparecer, ni se perdió. Mamá la llamó y le explicó que ya era tiempo, que era grande y que era necesario dejarlo porque si no hacía mal. Juntas fueron al lavadero. Mamá presionó el pedal del tacho de basura. Ella se lo sacó de la boca y se lo dio. Chau, ahora se lo lleva Manliba, detalló mamá. Y ella le hizo chau con la mano. Sabía de qué hablaba, Manliba se llamaba el camión que todas las noches hacía un ruido infernal en la esquina de casa.

Por suerte, al final de la semana, fue día de reyes. Y bien temprano a la mañana los hermanos corrieron a descubrir los regalos, el lío de los camellos con el pasto y el agua, el jugo y las galletitas que faltaban de la mesa. Mamá y papá también tuvieron sorpresas sobre los zapatos. Papá, el juego de ajedrez que años más tarde, a escondidas, ella convertiría en casita de muñecos. Mamá, sí, justo lo que quería, la pulsera que tanto deseaba. Por la tarde, no faltó la tradicional rosca, leche chocolatada y otros dulces que la dejaron sin apetito a la hora de la cena.

A la mañana siguiente fueron a pasear. Mamá no quiso perder la ocasión de estrenar su regalo. En la mesa de luz la dejé, repitió varias veces. Buscó debajo de la cama para ver si por accidente había caído al piso. Revolvió cajones. Revisó por todas partes. Una y otra vez. Quizás sintió angustia porque estaba convencida de todos los movimientos que había hecho, de dónde la había guardado. Podía verse. Y sin embargo, seguía sin encontrarla.

En una de las búsquedas, se cruzó con ella, se detuvo. Perdido por perdido, le preguntó: ¿viste la pulsera que los reyes le trajeron a mamá? Entonces, ella levantó la vista de su nueva muñeca, la miró y, con la naturalidad de lo obvio, solo pronunció una palabra: Manliba. Mamá no tuvo oportunidad de decirle chau.

Natalia Bengochea

 

Nació en Buenos Aires en 1979. Es profesora y licenciada en Letras egresada de la Universidad de Buenos Aires. Se desempeña en docencia e investigación. Escribe guiones de cortos cinematográficos y, los próximos meses, pondrá en marcha su primera realización como directora.

 

 

 

 

Ornela Tarzia

 

Como artista visual trabaja con fotografías de su familia, autorretratos y objetos de uso cotidiano. Los resignifica incorporando a través del hacer artístico, las tradiciones propias de las mujeres de su familia, tales como el bordado, el tejido de urdimbre, el corte y la confección de prendas. Desde el presente mira hacia el pasado para construir su propia historia.  www.flickr.com/ttarott

Me abrazaste así

 

Y me abrazaste así, y me hablaste así, al oído, sin esperarlo, sin pensarlo, me hablazaste así, tan al descuido que me agarré de tus hombros para no caerme, me hablazabas y trataba de acomodarme entre tus palabras, mientas me agarraba de tu espalda para no caerme en esa cosa ausente de vos, y de tu boca salía eso tibio que apoyabas con cuidado en mi oído y yo decía algo para darte, y vos me decías disfraces, y me hablazabas tan al descuido de tus hombros, me hablazabas tan desacomodado entre tus palabras, mientras me agarraba de tus palabras para no caerme en esa cosa tan ausente de vos, y de tu boca eso tibio en mi oído, y yo con algo para darte, y vos en disfraces me hablazabas tan al descuido de mis hombros.

Me avierno

 

Estás impalpable, con horario de partida, detrás de esa cosa rara, con la cara parecida al invierno, estás detrás de eso que te hace estar detrás, inconclusa, inviolable, inhibible, estás con la mirada tarde, no sé si me mirás quedarme o si te quiero tocar el horario de partida, pero tenés la mirada tarde, detrás de esa cosa rara que te hace estar detrás, me mirás las ganas de pensar, impalpable, me mirás con horario de partida, detrás de eso de flores, de mariscos, de burbujas, detrás de esa selva-cosa donde tenés el invierno parecido a la cara, estás invierna, impalpable, con viernes en los labios, con más viernes en los ojos, con más más viernes en las ganas, con más más más viernes en querer quedarme o tocarte el horario de partida, pero tenés la mirada tarde, aviernada, inconclusa, inviolable, inhibible,  insomnia, estás retrasada en lo que mirás, no sabés si me mirás quedarme o si querés esconder el horario de partida, pero tenés la mirada tarde, detrás de esa cosa rara que te hace estar detrás,  entonces me mirás las ganas de pensar y me destiempo, y me avierno, y me toco tu horario, y me inconcluso delante de esa cosa rara que te hace estar detrás.

Carlos Carioli

 

Psicoanalista, escritor y docente universitario, integra el taller literario coordinado por la escritora Liliana Díaz Mindurry, obtuvo premios nacionales e internacionales en cuento y poesía y también fue jurado en concursos nacionales. Integró el Grupo de escritores de los Malos Ayres y el Grupo literario Las Puntas del Clavo.  Publicó cuentos y poesías en antologías. En el 2013 publicó el poemario Entre heridas y vueltas y la novela Comés del pelo del perro que te mordió (Textos Intrusos).

facebook.com/pages/Carlos-Carioli-Autor

Horacio Petre

 

Nació en 1966. Es diseñador gráfico, ilustrador y artista plástico. Publicó la tira “Clip Clap” guionada por Manu García en el No de Página/12 (02-05) e ilustraciones en medios independientes como Sismo Trapisonda, Underground, Casquivana y Orsai. Desde 2008 publica humor gráfico de su autoría en el blog Lo invisible es esencial a los ojos.

http://loinvisibleesesencialalosojos.blogspot.com

El Mercedito

 

El auto se había vendido y la noticia no era feliz. No importaba que papá le pusiera el mejor acento gallego que no tenía. Nadie jamás hubiera imaginado que el Mercedito se nos va pa España, gente. Nadie.

En el 53, nonno, antiguo lector de La Prensa, se había afiliado al justicialismo para ganarse el Mercedito. El turco que sí era peronista estuvo repitiendo por meses lo injusto que era el mundo. Con el auto, recibido por toda la familia en el puerto, nonno aprendió a manejar y se animó a sacar la licencia de taxista. Si andaba con un pasajero por Palermo, se desviaba en Gorriti y Fitz Roy, corría a la casa y aparecía con dos tazas de café, una para él y otra para el pasajero. Después cuando a fines del setenta murió, papá heredó el Mercedito. Lo pintó de verde botella y, a falta de un perro, se volvió imprescindible.

Era así. Papá lo presumía como a un hijo doctor. Con él, habíamos recorrido todo el norte, parte de la Patagonia y hasta Florianópolis. Los brasileros no lo podían creer. Igual que en San Telmo cuando los gringos se enloquecieron sacándole fotos. Los sábados, por cada apretá, largá  me tocaba presionar el freno, a veces con los dos pies juntos. A través del vidrio, papá se agachaba, resoplaba, se pasaba por la frente las manos sucias de grasa. A mí me gustaban las manijas, que las puertas delanteras se abrieran al revés de cualquier auto, el tapizado áspero de lana, la ventanilla ovalada y chica de atrás.  Pero con el tiempo, este hermano mío resaltaba: afuera del colegio, de un cumpleaños, él me ubicaba en el centro para explicarlo. Y envejecía.

Ahora hay que mantener un auto así. Papá también decía no lo pude mandar al viejo a Italia, al menos que se vaya el Mercedito a España, que no será Alemania pero andará cerca. No hacía falta que aclarara el chiste, que reapareciera su acento gallego. Tampoco contar que no iba a pegar un ojo, que ya le había escondido la virgencita de Luján. Ni predecir futuros sobresaltos a mitad de la noche cuando otra vez de nuevo renegar porque no arranca, no me digas que no arranca.

Luciana Carlopio

 

Ex telefonista, docente de Lengua y Literatura para el GCBA. Participó con algunos de sus textos en las antologías Cuaderno Nuevo y Nuevas Crónicas, ambos publicados por Blatt & Ríos. Colabora como editora para la revista española Culturamas.

 

 

 

Alejandra Gondar

 

Ciudad de Bs. As. 1968. Prof. nacional y superior de grabado egresada de la escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón y la escuela Superior Ernesto de la Cárcova. Participa en salones nacionales e internacionales. Algunas distinciones: Primer Premio, Grabado Salón de San Isidro XI; Segundo Premio, dibujo Salón de San Isidro XII, Primera Mención III Bienal Universidad de Morón; Tercer Premio Salón de otoño SAAP entre otras. Es docente de grabado en la escuela de Bellas Artes Rogelio Yrurtia y de dibujo en la de cerámica Fernando Arranz.

Clandestino

 

-Ésta es la última vez –dice él.

Que la máscara higiénica del lenguaje escrito no engañe: no lo dice con tono de orden; es un pedido. No llega a ruego. Él le pide que ésa sea la última vez, y se lo pide con miedo: teme que ella le diga que no, que sabe perfectamente que no es la última vez, que la despedida –en esa instancia- ya es imposible. También teme que ella le diga que sí, que bueno, que está bien, que será como él desee.

Ella se termina de atar los cordones de las zapatillas, se cuelga la cartera de un hombro, se acerca otra vez a él y le da un beso rápido en los labios. Y luego se va.

Él, a su lista de temores, suma otro, y lo suma –para peor- en pasado inmediato mezclado con futuro indeterminado: teme que ella no le dijo nada, ni sí ni no, teme que se fue como quien se va para siempre o como quien regresa el próximo jueves. Porque lo peor de la despedida es cuando es, o cuando no es, o cuando no se sabe.

Gilda Manso

 

Buenos Aires, 1983. Publicó los libros de cuentos Primitivo ramo de orquídeas (Libros en Red, 2008), Matrioska (Malas Palabras Buks, 2010; Educación y Cultura (Méx.), 2012), Temple (El 8vo. Loco/Milena Caserola, 2013) y Temporada de jabalíes (Malas Palabras Buks, 2013).  Web: about.me/GildaManso

María Cabanne

 

 Vive en un bosque al lado del mar. Es Licenciada en Letras por la Universidad Nacional del Sur. Necesita escribir, hacer collages, sacar fotos. Da clases en un Terciario estatal en Villa Gesell. En verano hace tortas de manzana, cookies, dulces y panes.

I

 

Camino a mi casa.

Arrastro los pies.

Estoy cansado,

cansado para escribir poesía, cansado para que los poemas mueran en cuadernos, cansado para este Bondi, cansado para enojarme.

Llego a casa,

mis hijos me reciben como si nunca me hubieran visto

los beso,

me sirvo café,

abro los cuadernos y veo la tarea

Escribí sobre un abrazo” dice la consigna en le cuaderno de Juan

Y pienso en todos los abrazos que di,

Y en todos los adiós que jamás pronuncie.

Y es que no creo en las despedidas y fundamentalmente no creo en el adiós.

Prefiero el silencio y un abrazo; porque ese mudo gesto tiene implícito un hasta luego que es esperanzador…

Un continuará que me define

El adiós es punto y final

Una despedida sin reencuentro.

Mi hija lo entendió a la primera

Una vez le dije “te quiero hasta la luna ida y vuelta” se quedó en silencio y me retrucó

Pa mejor quereme hasta el sol que es una estrella y no una piedra fría”

¡Ahí esta!

Simple

como los niños

como la poesía que me gusta

La luna es definitiva el sol no.

El sol es incertidumbre,

Esperanza.

Veo qué escribió mi hijo como respuesta y me sonrío

El también lo entendió.

El abrazo que le doy siempre a mi papa cuando me voy al colegio”

Marcos Gras

 

Clase 76. Poeta, padre, peronista, padrino y profesor. No en este orden pero si con esa ambición. Ilustrador amateur, volante organizador, blaugrana desde el 82. Un cínico con espíritu romántico. Director de cortos bizarros familiares. Amigo de sus pocos amigos. Devoto de su hermana. Admirador de sus padres. Eternamente enamorado de Pía. Editó los libros de poesía No hay poemas tontos (2012)  y Semana laboral (2013) editorial Santos Locos.

mmecronos@gmail.com @mmecronos

 

Pablo Martín

 

Buenos Aires, 1974. Dibujante, ilustrador y diseñador. Realizó residencias artísticas y obras colectivas en México, en la ciudad de Salta y en Tilcara. En 2009 con Florencia Fernandez Frank inició el colectivo Periódica Grupo de Gestión (periodica.com.ar). En 2011 recibieron la Beca para Proyectos Grupales del Fondo Nacional de las Artes para la muestra multidisciplinaria “¡Lucha Libre!” en el Palais de Glace. Colabora con el proyecto artístico solidario “Proyecto La Estrella” (proyectolaestrella.com.ar) soypablomartin.com.ar

Despedida

 

Que sus caderas eran demasiado estrechas, eso pensaba mientras las caderas del señor venían a estrellarse contra las suyas, que podía romperse, quebrarse al medio como un tallo. Y era gentil el señor. Se acercaba despacio. Primero al cuello sudado, después a la curva de su hombro, luego hacia el final de su oreja. Le hizo la señal de la cruz en los labios y ella no entendía si debía rezar, pero igual rezó y pidió no quebrarse, mantenerse junta, entera. Era gentil el señor y ella lo agradecía. Separó las piernas todo lo que pudo, tratando de estirar a voluntad las caderas, como si fueran músculos. Separó las piernas con sus dos manos mientras el señor la miraba y se desabrochaba la bragueta. Era amable, cuidadoso en sus movimientos, y le daba trabajo con la falta que hacía y nunca, nunca la arrebataba. Bajó sus pantalones un poco, nomás, y se fue acercando. La pinchó una vez, dos, tres. El catre rechinaba mientras las caderas se le iban ampliando, haciendo espacio para el otro cuerpo.

Había llegado a la casona recomendada por la patrona de su madre. Hacía falta el trabajo, y la señora le había preparado el cuartito con el catre, había sido amable también, como el señor, pero de otra manera. La señora también le regalaba viandas y algunas ropas que le sobraban para que ella las llevase a su casa el fin de semana siguiente. A veces iba en alguna de las chatas que atravesaban el monte, si la levantaban; a veces el señor la acercaba, tan gentil.

Y una de esas noches la señora, con los ojos en sangre, el iris celeste vidriado en sangre, abrió la puerta del cuartito y sintió el chillido agudo del catre, vio la piel transparente del señor confundida con su vientre del color de la tierra, con sus caderas ya anchas elevadas como en un vuelo.

Sintió ese miedo avergonzado, el pudor de la piel sucia apenas cubierta por las ropas que le había dado la señora. Terminó de cubrirse cuando estuvo más cerca de la ruta, tan de noche, celada por los ojos de su diosito, que están en todas las estrellas y en el iris negro de la madre, de los hermanos en la casa, y en el monte, que es frontera casi detrás del cielo, del camino curvo y vacío.

Natalia Rodríguez

 

Nació en Wilde, Provincia de Buenos Aires en 1984. Concurre al taller del escritor Alberto Laiseca desde hace 7 años. Publicó la nouvelle La vi mutar (2013) por Editorial Wu Wei. Participa en la antología Paganos (2014), de editorial Alto Pogo. Escribió también una novela, aún inédita.

Tomás Menéndez

 

Vive en Núñez, CABA. Estudia arquitectura en la U.B.A. y es artista plástico autodidacta. Podría decirse que retrata los estereotipos o ideales falazmente impuestos desde “lo que se debe”, y quizás parezca que la escenografía se circunscriba a la realidad porteña, pero muchas veces sus pinceladas traspasan la Gral. Paz y los límites políticos, dejando así que sus cuadros se empapen de una realidad más completa. facebook.com/tomasmenendezoficial

tomasmenendez@live.commenendeztomas.blogspot.com

Punto final

 

Hace dos o tres días, desde que terminé de escribir el libro de cuentos, alterno entre Word y Gmail, los dos en blanco, donde junto coraje antes de cerrar las dos ventanas, derrotado. Busqué entre mis carpetas viejas algún texto sobre las despedidas, por si el copy/paste me salvaba, pero parece que no escribí nada al respecto. Como si nunca me hubiera despedido de nadie, o no quisiera recordarlo.

Abro una tercera ventana, donde vuelvo a leer el libro que escribí durante meses y creo haber terminado. Ya no me parece tan bueno como quería que fuera cuando lo empecé, ni tan atrapante o bien escrito. Pero es mío, como un hijo feo, un poco tonto, que está completo en su imperfección. No quiero dejarlo atrás porque tengo miedo de que se me vuelva en contra, como le pasó al doctor Frankenstein con el monstruo. ¿Debería haberle dado una novia, o hubiera sido mejor que lo dejara morir?

Abro el Word, escribo lo que me pasa como si estuviera redactando un mail dirigido a vos. Si me decido, puedo copiar y pegar. Pienso que las despedidas no se anuncian. Suceden, como una calamidad. Despedirse no se parece a cerrar el Word. Es decir: “nos vemos” o “seguimos en contacto” y no verse nunca más las caras. Pero no sé si mandarte un mail o escribir un cuento más porque no sé cuál de los dos sería ficción, y cuál sería real.

Sebastián Robles

 

Nació en 1979 en Villa Ballester.

Es autor de la novela Los años felices. Escribe en revista Paco.

(@sebrobles)

 

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